El poder es nuestro, por Eduardo Serrano

Con este post se cierra la serie de textos de Eduardo Serrano en los que reflexiona sobre la arquitectura y la vivienda.

En el texto anterior  exponía cómo la función de mediación entre los intereses generales y los individuales que correspondía al Estado ahora la realiza, de facto, la mercancía, provocando un radical cambio de la función social que hasta ahora han desempeñado los profesionales universitarios. Dicho de otra manera, donde antes había ciudadanos, ahora sólo cuentan los agentes económicos (y por lo tanto los individuos sólo en tanto sean productores y/o consumidores: los que entran en las cuentas). 
La crisis de los profesionales, la profunda e irreversible crisis, en especial la que afecta a los arquitectos, se debe tanto a un hundimiento de la demanda de sus servicios como a la disolución de su estatuto social y su desaparición como profesionales semiautónomos.
La enorme demanda debida a la burbuja inmobiliaria permitió que muchos trabajáramos: hubo años en que todos teníamos encargos y elegías trabajar por tu cuenta o en relación de dependencia. Para muchos el camino natural era ejercer bajo el paraguas de otro arquitecto, aprender el oficio y luego independizarte.
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La competitividad –doctrina suprema del actual sistema socioeconómico– exige la desaparición de las cláusulas de ejercicio exclusivo de los saberes. Entonces la aportación de los profesionales en la cadena de valor es capturada por las empresas como un eslabón más de un proceso enteramente comercializado, asumiendo el control integral como resultado lógico. 
Esta cadena compuesta por eslabones que han colonizado las profesionales, con especial empeño en aquellas que generan riqueza, tiene también el agregado de completar estos engarces con muy diferentes tipos de intermediarios que durante el proceso van creando necesidades ficticias pero que –bajo la supuesta supervisión de las tareas y en beneficio del cliente/promotor– se erigen en garantes del buen hacer, así aparecen los Project Managers, muchas veces sin ninguna formación específica pero prometiendo salvaguardar la limpieza y perfecta organización del proceso. Este mismo rol lo llevan adelante inmobiliarias e incluso despachos de abogados quienes tutelan la cúspide de la pirámide ya que suelen ser el primer contacto con el cliente/promotor, cuando acude a ellos por cuestiones de titularidades y escrituras.
Esta misma descripción se puede atribuir a los casos de gestión urbanística, donde obviamente por las propias características del método para poner suelo a la venta, la posibilidad del enriquecimiento se vuelve exponencial.
Sólo los profesionales que dispongan de un recurso específico que más abajo se menciona, o un importante capital económico, podrán competir con las empresas que cubran la integridad o parte importante del ciclo inmobiliario (desde la obtención de la licencia hasta la construcción, incluyendo papeleos varios, pues a los clientes se les ofrecerá soluciones completas «llave en mano»). En ese contexto las empresas de arquitectura podrán aprovechar la tendencia general a externalizar servicios especializados por parte de otras empresas relacionadas con el negocio inmobiliario. 
Una minoría de arquitectos se convierten en empresarios, lo cual se confirma cuando vemos que su trabajo se centra cada vez más en organizar el desempeñado por otras personas y en las relaciones con el amplio conjunto de instituciones, empresas y agentes implicados en la promoción inmobiliaria, incluyendo la oscura labor de «conseguidor» por sus conexiones con el estamento político. El capital social es precisamente ese recurso especial, que ahora sustituye como medio de producción principal al que antes teníamos los profesionales, es decir los conocimientos y competencias específicas. 
A quienes no dispongan ese recurso –las mencionadas relaciones– les será cada vez más difícil mantener su autonomía económica y profesional. O bien serán asalariados de los arquitectos-empresarios –o de empresas comerciales–, o bien empleados en la administración pública. 
La polarización mencionada no puede tener mejor confirmación que la actual decadencia de los colegios profesionales (según una encuesta promovida en el año 2013 por el Sindicato de Arquitectos, el 37% de los arquitectos no están colegiados[1]) y la aparición de agrupaciones sindicales de clase, que es la manera en que los trabajadores han conseguido defenderse desde hace mucho tiempo.
Pero mucho mejor ejemplo de lo que significa el capital social, al que hemos calificado como medio de producción, es el de la obra pública, que junto a la actividad de edificación, mayor impacto ha tenido en el territorio, además de una gran responsabilidad en la crisis española. Es muy probable que el esplendor de los grandes empresas de obras públicas españolas (fundamentalmente el oligopolio integrado por ACS, Acciona, FCC, Ferrovial, Sacyr-Vallehermoso y OHL), que controlan el mayor de los presupuestos en la inversión del Estado, y que por añadidura ha sufrido pocos recortes[2], se deba en gran medida a los estrechos e históricos vínculos entre todas las instancias implicadas en la promoción o gestión de las infraestructuras públicas: por supuesto el ministerio y las consejerías correspondientes, las empresas constructoras, pero además los colegios de Ingenieros de caminos, la Universidad, así como los laboratorios y centros de auditoría técnica. El que la crisis apenas les haya afectado muy probablemente también se debe a que forman un espacio muy alejado de los ciudadanos.
La falta de trabajo digno obliga a explorar salidas laborales inéditas. Esto representa a la vez un acicate para el trabajo creativo y autónomo (aunque siempre ejercido en difíciles circunstancias) y un peligro. De un modo muy similar a como se producen, por ejemplo, las fases preliminares de la gentrificación, en que la bohemia artística y cultural crea valor y atracción para otras capas sociales en ciertos barrios deprimidos, aunque con intensa vida social, y, por supuesto, prometedores en cuanto la captura de las rentas del suelo debidas a su buena posición en el entorno urbano. Es casi inevitable que así suceda, tanto en lo que respecta a la rehabilitación material de edificios deteriorados como en el plano de la misma profesión, al alumbrar nichos de trabajo nuevos. 
Un caso paradigmático ha sido el esfuerzo por idear, ensayar y poner en marcha soluciones constructivas ahorradoras de energía y respetuosas con el medio ambiente, que al final han favorecido eso que se llama capitalismo verde, con la misma explotación laboral de siempre y que en muchas ocasiones es poco más que una estrategia de marketing. Esto en relación al contexto social, pero lo mismo ocurre en cuanto al efecto de las propias tecnologías, debido a que operan bajo el paradigma maquínico-ideológico del BAU (business as usual): desde que W. S. Jevons[3] estudió el caso del carbón en Inglaterra se sabe que las mejoras tecnológicas relativas a los procesos energéticos incrementan el consumo de la energía, debido principalmente al dinamismo de expansión indefinida que caracteriza al capitalismo.
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Pero también suponen la oportunidad para empezar desde otros lugares que no sean los que ya se encuentran bloqueados (mejor sería decir cercados, como propiedades privadas de grandes propietarios, que efectivamente son). La crisis ha deparado la relativa sorpresa de una paradójica abundancia de recursos ociosos o despilfarrados. Empezando por la enorme cantidad de edificios sin uso, tanto de propiedad pública como privada, así como de edificación antigua infrautilizada. Hasta el punto de que suscite la hipótesis, nada descabellada, de que en realidad ya no hace falta construir más, sino recuperar, reparar, reutilizar lo existente, y, claro está, rehabilitar los edificios deteriorados. Eso junto con la tarea que parece cada vez más necesaria: demoler, despejar, restablecer el territorio y reparar los daños infringidos. 
Algo parecido ocurre con los equipos y las herramientas, es muy posible que el enorme parque de medios esté ahora oxidándose en los almacenes. Por otro lado está una pareja magnitud de fuerza de trabajo, gente en el paro o con empleos en condiciones económicas y laborales indignas.
Un ingente trabajo al alcance de todos esos recursos inutilizados, y generador de mucho empleo. Pero hablar de todo esto no deja de ser cotorreos sobre obviedades que nada resuelven. Todos sabemos que existe una masa impresionante de recursos, cuyo aprovechamiento tropieza con dos obstáculos al parecer insalvables. Uno de ellos es el dinero, sobreabundante pero sometido a la lógica implacable de la acumulación y concentración sin fin mediante la escasez artificialmente producida.
El otro impedimento es, si cabe, más grave por ser el factor decisivo, del que depende todo lo demás, incluyendo el asunto del dinero. Se trata del modo en que hacemos las cosas: parece claro que sabemos qué hay que hacer, pero mucho más difícil es sabercómo hacerlo. Y sin embargo ahí los recursos no solamente son abundantísimos (como muestran los numerosos ejemplos de experiencias innovadoras, así como la certeza de que existe una enorme creatividad en la gente más joven) sino que constituyen un auténtico bien común. Es, ni más ni menos, el maravilloso procomún de los saberes y de la inteligencia.
Sin embargo la actualización de esa inmensa potencia requiere de una condición absolutamente necesaria. 
Fácil de adivinar es que nos referimos a nuestra trama de relaciones, al lugar, intangible pero cierto, que vamos construyendo entre todos: es el «entre» del que se hablaba en el anterior texto. 
A lo largo de estos textos se ha venido denominando recurso, medio de producción y también capital social. Pero al hacerlo de este modo asalta la duda de si, al emplear estos términos, típicos de la pseudociencia económica, pudiéramos reducir y empobrecer lo que significa la dimensión social e incluso territorial a lo puramente económico, incurriendo así en el modo de pensar del que justamente deseamos liberarnos. 
Existe un exceso de sentido, un plus de significación en relación con el lenguaje economicista (que hablándolo nos habla), un exceso no cuantificable, que es lo propio de la vida en común como creación continua. No sólo respecto a nuestros colegas profesionales, también respecto a los usuarios de nuestro trabajo, y más allá, al mundo entero. 

Ese es nuestro poder.

En Málaga, 17 de marzo de 2014, Eduardo Serrano y Alicia Carrió
[2]      Datos en la página 116 de: SEGURA, Paco. Infraestructuras de transporte, impacto territorial y crisis. En Observatorio metropolitano de Madrid (editores). Paisajes devastados. Después del ciclo inmobiliario: impactos regionales y urbanos de la crisis. Descargable enhttp://www.traficantes.net/sites/default/files/pdfs/Paisajes%20devastados-Traficantes%20de%20Sue%C3%B1os.pdf [última consulta 27 de febrero de 2014]. Madrid: Traficantes de sueños, 2013 (p. 77 a 122)
[3]      En http://es.wikipedia.org/wiki/Paradoja_de_Jevons [última consulta 27 de febrero de 2014]
Fuente: http://habitarcomun.blogspot.com.es/2014/03/el-poder-que-es-nuestro.html
Fotos: http://internacional.elpais.com/internacional/2014/04/11/album/1397213765_870482.html#1397213765_870482_13972
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