El capital como poder «entre», por Eduardo Serrano

En este penúltimo post de la serie de textos de Eduardo Serrano, el autor examina el papel que los arquitectos y otros profesionales han ejercido como medidores entre los intereses particulares y generales.

Con este texto me interesa comenzar a considerar la segunda de las mediaciones que los arquitectos y otros profesionales han ejercido entre los intereses particulares y los generales, en su función de semidelegados del Estado (ver artículo anterior Los arquitectos y la alienación del habitar).

Si los dos textos anteriores se dedicaban a los saberes, con el presente el asunto es el poder. En el próximo artículo se examinará esta misma temática en el caso particular de la arquitectura.

Habitualmente se entiende que el poder supone una relación desigual, de imposición sobre algo o alguien.
Pero cabe imaginar otro tipo de relacion, en este caso la mediación: un poder que interactúa entre dos agentes a los que condiciona. Ese poder crea un vínculo entre producción y consumo oficio del comerciante através de la mercancía, que no se reduce a un intercambio económico, pues es también social, en cuanto a que puede influir en la subjetividad (o directamente: producirla) en la asignación de roles sociales. Los individuos serán, según el momento, sujetos productores o sujetos consumidores, de acuerdo a su relación con la mercancía, que ya no depende de ninguno de ellos, sino del sistema económico en el que la mercancía adquiere sentido.

Es antigua la categorización de la economía como saber social, es decir relativo a cierto tipo de relaciones entre las personas. Éste es el saber propio de los empresarios, del que ya da noticia Adam Smith al proponer el célebre ejemplo de la fabricación de alfileres1, una verdadera tecnología social, aplicada primeramente en la organización de los trabajadores en la producción industrial, que establece jerarquías, secuencias y ritmos, así como los cometidos de las piezas humanas, controlando así las conductas en el espaciotiempo laboral.

Mucho tiempo después nace el marketing como el equivalente de esa tecnología social aplicada a la
producción, pero ahora dirigida al consumo, aunque con características muy diferentes. Aquí lo que se gestiona no es ya la disciplina sino el deseo.

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La lógica económica como principio de gobierno y organización social

De acuerdo con esto son muchas las actividades humanas que se pueden calificar como de producción o de consumo, en estricto sentido económico, de manera que cubren un creciente espacio y tiempo en el ámbito social, determinando los modos de vida y las mentalidades. Por tanto no debe extrañar que sea la lógica económica la que ahora cuando todo parece ser producción o consumo reclame su primacía sobre cualquier otra consideración acerca del funcionamiento social, supeditando todo saber a sus métodos y objetivos.
En consecuencia, el Estado se supedita completamente a esta concreta lógica económica, reduciendo su autonomía en dos direcciones:

1. La administración de cosas y personas se realiza de acuerdo con la estrategia económica, convirtiendo la política en una modalidad de la gestión empresarial.
2. Bienes y servicios son ofertados ahora por el sector privado, al darse por supuesto que el mercado concurrencial y competitivo es el mecanismo de mayor eficacia para asignar y distribuir recursos, acoplando necesidades y satisfactores (pues éstos no son otra cosa que mercancías). Por tanto el gobierno democrático, con sus costes, burocracias y partidos políticos, ya no es necesario.

En consecuencia las relaciones entre personas se resuelven directamente de unoconuno, la sociedad queda reducida a una suma de individuos y desaparece lo colectivo (y el interés general). El mercado entonces se postula como “el modelo privilegiado” de cómo debe organizarse la sociedad. Y la competitividad como la vía idónea (darwinista) para la selección de las mejores ideas, métodos y productos, los mejores trabajadores y empresas. ¿Pero qué pasa cuando hay una extrema desigualdad entre trabajadores y, cuando la debilidad o limitación del poder negociador de una parte es inducida por la otra parte, es decir cuando un  mismo agente controla oferta y demanda(2)?
La tendencia a que la medida de todo valor sea el dinero hace que, en el cálculo del empresario, sea prioritaria la cuenta de resultados mu a menudo con un horizonte temporal de corto plazoasimilándo lo que es laboralmente competitivo a la rebaja de los salarios. Por ello un nutrido conjunto de profesiones que antes se tenían por necesarias para el bien de la población, no son ahora competitivas en el mercado laboral ¿a qué empresa le interesa una licenciada en humanidades o un medioambientalista hoy en España?

Todos enemigos de todos

En el lado del trabajador la competitividad que se predica como eficaz virtud no es la emulación por la excelencia, sino la carrera por ser elegido para un trabajo y poder sobrevivir, para lo cual se hace condición necesaria permanecer en el interior de la sociedadmercado en una lucha donde todo vale perdiendo en esa infernal carrera la condicion de excelencia.

La extrema desigualdad de poder entre la oferta y la demanda del mercado laboral hace que las reglas de la competitividad no residan en las capacidades o méritos de los que compiten sino que las establecen los dueños del capital, que a su vez operan bajo la lógica descarnada e implacable de la acumulación indefinida de dinero. Como cualidad individualista, lo social se convierte en una perversa síntesis: rebaño y jauría de bestias hambrientas.

La precariedad y el desempleo masivos afectan a sectores antes relativamente a salvo, como las profesiones liberales, pues al extenderse la asalarización debido al fin de la función social asignada por el Estado (desaparición de los privilegios de firma y demás y abandono de los servicios públicos dedicados al bienestar social), su actividad la realizan los trabajadores contratados por las empresas, que ahora, como se ha dicho, ofrecen servicios que antes sólo estaban autorizados a satisfacer los profesionales titulados.

El desempleo no es una disfunción del sistema capitalista. El desempleo beneficiará al sector empresarial siempre que esté asegurada la capacidad de consumo (que de momento la cubren los sectores de altos recursos enriquecidos por la crisis y la demanda de los países centrales), y el conflicto social se mantenga bajo control. Dejando aparte la rebaja en los salarios y la postración anímica de los desempleados los perdedores se resignan, nos referimos a un fenómeno al que prestaremos atención en el próximo artículo: parte de la gente desempleada busca maneras de salir adelante, y siempre que sea en el ámbito de la economía capitalista, exploran o inventan nuevos nichos de productos rentables, que posteriormente serán capturados por los agentes propiamente capitalistas, que desharán la unión trabajocapital de los pioneros y restablecerán la partición básica del capitalismo, es decir la disyuntiva de ser o capitalistas o trabajadores.

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El capital como conexión universal y su refutación 

¿Y qué es lo que hace a unos diferentes a otros? Fundamentalmente que los capitalistas poseen algo que los trabajadores no tienen: los medios de producción, mediando (y condicionando) entre la fuerza de trabajo y la materia a trabajar.

Se trata de un asunto bien conocido, pero que presenta aspectos muy diferentes cuando ya no se trata de los medios de producción clásicos o industriales máquinas energéticas, sino los típicos de la producción y aplicación de conocimiento, o sea los propios del ámbito propio de los profesionales superiores. La aparición de los instrumentos informáticos ha supuesto que lo que antes eran herramientas bajo el dominio directo de los profesionales y que estaban integradas en sus capacidades personales, especialmente los especialistas técnicos, se «objetualicen» como equipos y aplicaciones a disposición de cualquier empresa.

Sin embargo subsisten aún enormes diferencias entre las máquinas energéticas y las que gestionan
información, en cuanto a producción, disponibilidad, coste, tamaño, flexibilidad, renovación, etc. Está al servicio de un revolucionario cambio social antes que económico, que tiene su mejor expresión en el cibermundo, donde es perfectamente posible producir, consumir y a la vez conectar estos dos momentos sin la necesidad de un intermediario especializado, ni de la figura del capitalista como organizador.

La red distribuida en el cibermundo, donde cada nodo se comunica con cualquier otro sin pasar por caminos prefijados o por centros «controladores», no se debe a un diseño tecnológico (en sentido convencional), sino que es la expresión de un profundo deseo social, que encuentra su gozo en la generosidad, en hacer realidad el don como institución social radical, donde solidaridad y autonomía convergen. Ahí es posible una mediación múltiple en que la información es el vehículo de afectos y cuidados compartidos, dentro y fuera de la red, un auténtico bien común.

Y esto sucede en la misma época histórica en que, por un proyecto totalitario y despiadado, toda criatura debe ser aislada y medida para su transformación en mercancía, en que todo debe ser medio de producción y a la vez resulta marcado con una deuda infinita hacia el capital. Paradógica situación, por cuanto la dependencia es en sentido contrario, la humanidad y el planeta pueden vivir sin el capital, pero éste no puede existir sin la vida. Es como si nos hubieran dicho que necesitamos del capital como los peces necesitan del agua para vivir, justo cuando estamos apunto de empezar a volar.

(1) En http://www.eumed.net/textos/06/asmith1.htm
(2) A eso Iván Illich le puso el nombre de monopolio radical, entonces ni siquiera existe la opción de desistir. En ILLICH, Ivan (1974). Energía y equidad. Desempleo creador. México D.F.: Joaquín Mortiz, Planeta, 1985.

Málaga, 4 de febrero de 2014, Eduardo Serrano y la colaboración de Alicia Carrió”

Fuente: http://habitarcomun.blogspot.com.es/2014/03/el-capital-como-poder-entre.html

Fotos: http://internacional.elpais.com/internacional/2014/04/11/album/1397213765_870482.html#1397213765_870482_13972

 

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